El paciente de la habitación 33 | Leyenda de Terror - Daniel Galaxy

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martes, 1 de diciembre de 2020

El paciente de la habitación 33 | Leyenda de Terror


Bienvenidos amantes de lo oscuro. Seguro que alguna vez habréis oído oscuras leyendas sobre edificios abandonados, en los que habitan fantasmas del pasado. Muchos acaban siendo demolidos, pero otros, como en el que estuvo nuestra protagonista, son reformados y vuelven a abrir sus terroríficas puertas. Hacía mucho tiempo que Rosa no encontraba trabajo de enfermera, le resultaba muy difícil por su falta de formación y experiencia. Y cada año que pasaba la cosa se complicaba más. Tenía cerca de cuarenta años y era una profesional atenta y competente. Pero siempre tenía por delante a jóvenes becadas deseando hacer sus primeras prácticas, u otras veteranas que le superaban en habilidades. Empezó a darse por vencida y encerrarse en casa, deprimida. Su marido Raúl también se sentía fatal por su situación. Por suerte él tenía un trabajo estable como informático, pero, aunque pudiesen mantenerse sabía que aquella no era vida para ella. Acabaría trastornada, o peor aún, vagando como un alma en pena. La enfermería, y sobre todo cuidar de los demás, era su sueño desde joven. Un día Raúl tuvo una idea un tanto extraña, pero que tenía que probar como último recurso. 

Escuchó que habían remodelado el viejo edificio del psiquiátrico a las afueras de la ciudad. Hace tiempo enviaban allí los casos más severos de esquizofrénicos y psicóticos, pero tuvieron que clausurarlo por la falta de medios. Ahora lo habían reconvertido en un moderno hospital con todos los avances, listo para abrir. Fue hasta la administración junto a Rosa para hacerles una insólita propuesta. Ella trabajaría gratis para ellos durante tres meses, y si demostraba su valía como enfermera, tendrían que ofrecerle quedarse. Si no, se marcharía sin protestar ni reclamar nada. Rosa estaba bastante sorprendida, pero no le pareció mala idea, al contrario. Prefería estar ayudando a otros que en casa sin hacer nada, no le importaba no cobrar. Y así fue como por fin consiguió un trabajo, además en uno de los centros más prestigiosos. El complejo constaba de cinco plantas, pero sólo cuatro estaban en funcionamiento. La tercera todavía estaba en construcción, y conservaba algunos restos de su siniestro pasado. 

Cuando Rosa estaba de guardia a veces se pasaba por allí, extrañamente atraída por las habitaciones ruinosas, con paredes acolchadas y camillas con correas. Pasaron las semanas y comenzó a ilusionarse. Desde el equipo de dirección le dijeron lo satisfechos que estaban con su trabajo, también los pacientes. Tanto que finalmente decidieron que se quedaría, y además le pagarían los meses que ya había trabajado. Se lo había merecido. Las obras estaban llegando a su fin, pronto habilitarían la tercera planta y necesitarían más personal. Fue entonces cuando en medio de una noche de guardia escuchó como la llamaban por la megafonía. La solicitaban para limpiar un desorden en una de las habitaciones del tercer piso. Era extraño porque aquel no era exactamente su cometido, y el tercer piso no estaba ocupado aún. Tampoco fue capaz de reconocer aquella voz, sonaba tan ronca y profunda que estaba segura de que no le era familiar. 

Como siempre obedeció, dispuesta a ayudar. Al llegar parecía no haber nadie en toda la planta y los pasillos estaban a oscuras, a pesar de que le pareció oír murmullos a lo lejos. Buscó a tientas los interruptores en la pared, pero cuando trató de encenderlos no había electricidad. Hacía mucho frío, todas las viejas ventanas estaban rotas. Llamó varias veces en alto, pero nadie contestó, así que decidió volver a su puesto habitual. De camino se acercó por la administración para saber por qué la habían mandado allí, pero la respuesta le dejó helada. Le dijeron que ninguno de ellos había hecho esa llamada. Es más, ni siquiera la habían escuchado por los altavoces. Parecían igual de desconcertados, pero Rosa enseguida pensó que le estarían gastando alguna novatada, y lo dejó pasar. También puede que hubiese escuchado mal, o que simplemente fuesen imaginaciones suyas. 


Eran las tres de la mañana y estaba bastante cansada. Por suerte pronto le asignaron nueva compañera. Fanny, una joven que estaba entusiasmada por aprender a su lado, y de la que pronto se hizo amiga. Con ella se encontraba más segura, aunque tenía una afición un poco siniestra. Le encantaba hablar de leyendas urbanas y casos truculentos. Gracias a ella conoció la aterradora verdad del antiguo edificio donde trabajaban. El psiquiátrico había sido clausurado por el maltrato continuado a los pacientes. Eran casos tan extremos que el personal médico los encerraban durante días, incluso los dejaban inmovilizados en sus camas, y se despreocupaban de ellos. A los más histéricos incluso les golpeaban para calmarles, o los tenían días sin comer. Era un panorama desolador, el centro estaba atestado de pacientes que vagaban por los pasillos sin control, y los internos se vieron desbordados y perdieron su humanidad. Una pesadilla, menos mal que eso no volvería a pasar porque ahora había medios suficientes y gente como Rosa, dispuesta a sacrificarse. Y Fanny resultó ser la ayudante perfecta. 

Pero una noche durante un descanso en que estaban juntas, aquella siniestra voz volvió a resonar por la megafonía. Volvió a reclamar a Rosa, esta vez para la habitación 33 del tercer piso, mientras que mandaba a su compañera a otro sitio distinto. Era extraño porque, aunque la reforma ya había terminado, esa planta aún estaba desocupada. Intrigada, Fanny decidió acompañarla. Pero cuando estaban a medio camino, como si las estuviesen observando, la voz volvió a reclamar a la joven, por lo que Rosa tuvo que seguir sola. Esta vez los pasillos estaban iluminados por una luz tenue, pero seguía sin haber rastro de nadie. Llegó hasta la puerta de la 33 y la empujó lentamente, como si no quisiese despertar a quien estuviera dentro. En efecto había un paciente allí, tumbado en una camilla. Pero no había aparatos médicos a su alrededor, ni ningún acompañante que le vigilase. Rosa, preocupada, pidió permiso y prendió la luz. 

Lo que vio la dejó helada. Las paredes tenían un nuevo acolchado, como si lo hubiesen repuesto. Pero no tenía sentido, ya no cuidaban pacientes mentales en ese hospital. Además, había un montón de arañazos en ellas y algunos restos de sangre. Empezó a sentirse atemorizada, pero aun así se acercó al paciente para ver si necesitaba su ayuda. Tenía una textura de piel extraña con un tono amarillento. Sus ojos estaban cerrados así que trató de llamarlo suavemente. Como no respondía, caminó hacia él, y de pronto experimentó una sensación extraña. Trataba de acercarse, pero a cada paso notaba como se iba alejando de ella cada vez más, hasta el punto de desesperarse. Le entró el pánico y quiso correr hacia la puerta, pero al girarse se dio cuenta que no se había movido del sitio. Volvió a mirar al paciente y sintió una pena enorme en su corazón al ver su aspecto tan lastimero. Así que juntó fuerzas y decidió intentar acercarse de nuevo a comprobar qué le pasaba. Esta vez sí consiguió llegar hasta la camilla, pero lo que vio la dejó aterrorizada, apenas pudo contener un grito. Cuando tocó la mano del paciente se dio cuenta que estaba completamente frío, sin vida. No necesitaba tomarle el pulso para saber que estaba muerto. 

Aun así, de repente él reaccionó y abrió los ojos. No sabía si la estaba mirando a ella, porque estos eran completamente negros, tan oscuros como la noche. Pero sí era capaz de verse reflejada en ellos. Rosa impactada soltó la mano del paciente y quiso correr una vez más hacia la puerta, pero esta se cerró sola de golpe, dejándola encerrada. Aterrorizada, se giró lentamente de nuevo hacia la cama. Ahora la camilla estaba vacía y las sábanas revueltas, como si el paciente se hubiese levantado rápidamente. Intentó buscarlo a su alrededor, pero la penumbra de la habitación apenas le permitía vislumbrar en las esquinas. Sólo escuchó un susurro ronco y profundo de una voz que enseguida reconoció. “Eres como los demás. Ibas a abandonarme aquí dentro. Pero ahora nunca más podrás salir”. Mientras, de vuelta en su puesto, Fanny escuchó un grito que venía de la tercera planta. Temiendo por Rosa, salió corriendo hacia la habitación 33. Pero cuando llegó y encendió la luz no vio nada extraño. Las paredes lisas estaban recién pintadas de un color inmaculado, y las modernas camas estaban listas para ser ocupadas. Dio una vuelta por toda la planta, pero no encontró a Rosa. Ni nunca la volvió a ver, desapareció aquella noche para siempre. 

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